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Qatar 10: Desde la feria local hasta el suntuoso restaurante del Emir

Una invitación nos acercó hasta el lujo en el Puerto. Un restaurante con un chori a más de 5 mil pesos. Antes, una recorrida por una feria donde se pelea todo

*Por Emiliano Andreoli

Cruzar la calle de nuestro alojamiento te lleva al lujo. Dar la vuelta manzana también. Subirse al metro y recorrer apenas una estación te baja en un barrio hermoso como Katara, que cuenta con pocas casas pero muchos comercios de alta gama. Es difícil en Qatar encontrarse con lugares bajos de presupuesto. Pobreza no se ve; personas durmiendo en las calles, menos, y pidiendo en los semáforos es imposible.

No todos, claro está, deben ser multimillonarios, pero sí el común de la gente pasa por un buen pasar económico. Y los que trabajan son los de afuera. Al menos en el trabajo de atención al cliente y en la tarea de socializar con los extranjeros. Uriel fue el mozo que nos atendió en La Mesa, un lujoso restaurante al que accedimos, invitación mediante, en el Puerto de Doha. “Como todo, esto es del Emir”, fue el mensaje de bienvenida.

Tamim bin Hamad Al Thani es el Emir, el poderoso de estas tierras. Todos los comercios tienen su foto en alguna pared, acompañada a la de su hijo, el próximo Emir qatarí. “Es de él y este restaurante se levantó en dos semanas”, relató el mozo argentino, “como todos los que estamos acá”, expresó. “Es que buscaron argentinos para que podamos explicar qué se sirve”, recordó antes de recomendarnos un plato de carne bien argenta.

Se trataba de un pedazo de costilla (sólo uno), de una vaca que no era ternera y que su hueso, por el tamaño, daba cuenta de que era carne que, en Argentina, estaría de oferta. Estaba rico, pero la porción era diminuta para un albiceleste acostumbrado a saciarse en cualquier parrilla que se le aparezca enfrente. ¿La cuenta? Una locura. Un ejemplo es el precio del Choripán: 55 riyales ó 5.500 pesos, al cambio de hoy.

El Choripán se consigue a 55 qataries: 5.500 pesos.

El puerto de Doha

No hay forma de saber cuánto vale lo que ven nuestros ojos. No tendría sentido saberlo, quizá, pero los barcos con bandera francesa que están amarrados en Qatar son imponentes. Yates que están desde antes del Mundial y se quedarán hasta más allá del final de la máxima cita. Son alojamientos para algunos privilegiados que duermen flotando, que arman fiestas en las cubiertas y esperan largas horas para poder moverse de un lado a otro. Sí, ese lujo no les da cercanía y para moverse desde su ubicación a, por ejemplo, el estadio 974 (se ve al fondo del Puerto), tardan más de una hora entre conexiones de colectivo y la línea dorada del metro.

“Este es el barco pequeño”, nos avisó el guardia de turno en el Live Ocean amarrado al puerto qatarí. Con seguridad como en la entrada a los estadios, el Live Ocean hospeda, si está a tope, a 4.200 fanáticos en sus camarotes. Es, sin dudas, una ciudad flotante que en esta oportunidad no se mueve, simplemente oficia de hotel para algunos que vieron esa posibilidad y alquilaron para vivir desde allí la Copa del Mundo.

A sus costados están los más chicos, algunos con familias propietarias del barco, pero la gran mayoría se alquila y va rotando sus ocupantes. Una noche en alguno de esos barcos está, de inicio, 3.000 riyales, algo así como 850 dólares.

El puerto de Doha. La experiencia de alojarse en el mar.

Mujeres que se esconden

Volvimos a Katara, el barrio donde hace poco menos de una semana tocó Ciro y los Persas. Volvimos porque en ese entonces nos quedamos cortos con el recorrido y, realmente, hicimos bien en volver.

Nos adentramos a la playa, una especie de puerto laboral para los locales. Muchos locales. Muchas mujeres con sus clásicas vestimentas, hombres que sólo hablan su idioma y que intentan venderte lo que no necesitás, ni querés.

Nuestra recorrida es fílmica, claro está. Todo se comparte en las redes de canal12misiones.com, FM Top 107.3 y demás. Por eso filmamos. Lo explico acá como me hubiera gustado explicarles a las mujeres que temieron salir en las imágenes. Filmando hacia el frente pero mirando quizá las artesanías a los costados, cometí ese error de filmar a tres damas vestidas de negro. Su vergüenza me chocó: se escondieron bajo sus velos para evitar salir en la filmación. De salir, sólo se verían sus ojos, porque eso también descubrimos: las mujeres casadas sólo muestran sus ojos; las solteras, la cara, y las que todavía no tienen pretendientes pueden usar otros colores. La cultura, en serio -y por suerte-, es totalmente otra.

Captura de video.

Katara es un lujo para el recorrido visual. Las sensaciones son de novela, de alguna turca que salía a la siesta de algún canal que necesitaba rellenar horarios. Sus pasillos con olor a incienso se reproducen, sus precios van cambiando y da la impresión de que, si tenés tiempo y ganas, un barco hecho a mano que arranca en 500 qataríes se puede llegar a conseguir por 100. Esa es la proporción de la lucha del precio. Todo se pelea, se baja y se negocia.

Los japoneses, felices a su manera

Tras una larga jornada de recorrida por Katara y el Puerto, llegó el momento de volver. Ese largo recorrido expresado más arriba nos llevó a la conexión entre el 821 y la línea Gold de subte. En el medio, japoneses clasificados como primeros a octavos de final. Japoneses que venían de vencer a España y dejar en el camino a Alemania.

El regreso fue con japoneses ‘festejando’.

Su festejo es por demás tranquilo. No saltan, no gritan. Su apretón de puños es lo más efusivo, y eso que fueron los grandes ganadores de la fase de grupos. Una fase de grupos que hoy se cerrará y que a nosotros ya nos tiene pensando en los octavos frente a Australia, donde otra vez volveremos a poner nuestra fe en conseguir algún ticket a precio coherente y que no hipoteque la estadía en Qatar.

*Enviado especial a Doha.

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