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Written by 20:15 Notas de opinión, Sociedad

Las tardecitas de Posadas tienen ese qué sé yo…¿Viste?

La costanera es uno de esos sitios para sentarse y disfrutar de la puesta del sol, en buena compañía o simplemente solo o sola. El mate siempre presente.

(*) María Rita Nahúm

Parafraseando el inicio de  la mítica “Balada para un loco”, de Aldo Ferrer, podríamos decir que  hemos “rescatado” a nuestros atardeceres cuando volvimos a mirar al río, a gozarlo, a apropiarnos  de una vista larga y profunda, que nos invita a redescubrir el horizonte.  Mate en mano, cada fin de semana las familias van llegando con silletas, budines, facturas.

Las infaltables bicicletas compiten con patinetas y monopatines en ese espacio recreativo, fresco y  distendido. Por aquí bebés en los brazos de sus padres, por allí los niños en las plazas, más allá los abuelos rememorando historias y los novios repitiendo promesas. 

Cumbia, reggaeton y chamamé. Todo es incluido en este paisaje múltiple y colorido, sin patrones y con un común denominador: disfrutar de un atardecer distinto, compartido con amigos o con desconocidos, en malla y en la arena o paseando entre artesanos o, simplemente, contemplando el río. Tal vez es que evocamos la memoria de quienes nos precedieron, los que miraban al mar esperando que apareciera la tierra prometida. O tal vez es la memoria de las jangadas que corrían río abajo o de los pescadores, que con paciencia infinita siguen mirando un punto fijo durante horas. No lo sé. Pero siento que algo se activa en Posadas cada atardecer. 

Allí vamos motorizados o caminando, pero volvemos siempre, seguramente atraídos por el fresco rumor del agua, invitados a observar el surco de las embarcaciones que dejan esa estela de espuma y vértigo o a fundirnos en el sereno vaivén de la corriente. 

Algunas veces los mates anticipan la cena y seguimos allí, sólo por el placer de disfrutar “la costa” un rato más. Pero cuando el sol comienza a ocultarse hay un momento  vital, una pausa compartida, un espacio que abrimos dentro y que por fuera se transforma en selfies que inundan las redes contando lo privilegiados que nos sentimos de “tener” esos atardeceres tan a mano, tan disponibles para el cuerpo y para el Alma. Por eso “la costa” nos desafía en toda su extensión. Playa, plazas, hitos como Andresito o el “monumento al Papa”, se han convertido en espacios de encuentro, en sitios de referencia colectiva. 

Seguramente usted y yo tenemos distintas preferencias como horarios, lugares o compañías. Lo cierto es que, como sea, lo que elegimos, es esa versión nuestra que nos iguala, la que nos hace coincidir en el disfrute, la que nos permite degustar jugos,  mates o tereré, chipas o caburé, bicis o caminatas y hasta “dar la vuelta” para ver qué pasa. Es el paisaje el que nos convoca, es el atardecer el que nos llena de ganas de charlar, es el río el que nos une. 

Como diría Ramón Ayala: “Río, mío, dame sueños, dame, que quiero vivir”… Y parece que muchos de nosotros, más allá de la edad o de lo que nos diferencia, amamos vivir, coincidiendo en este espacio de encuentro  que hacemos nuestro de cara a cada atardecer posadeño.

                                                                     

                                                             *Periodista & Master Coach

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