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Palabras de dolor y lucha: en el Día contra la Violencia de Género, una historia de superación

Brenda Morales es el pseudónimo que una joven posadeña eligió para relatar en primera persona su historia. A través de una carta, en el Día Internacional de Lucha contra la Violencia de Género anima a otras mujeres que pasan por esta situación a buscar contención.

Esta nota se divide en dos partes. En ambos casos, la protagonista es una joven que con solo 27 años vivió más experiencias traumáticas que cualquiera otra de su edad. Fue víctima de violencia de género. Una más, de las tantas que hay en el país, en el continente y ni hablar en el mundo. La otra cara del mundial permitió visibilizar los pocos derechos que aún cuentan las mujeres en oriente.

Pero esta historia es bien misionera. Ella la firma como Brenda Morales. Obviamente que no es su nombre real. Pero su sufrimiento sí lo es. Y tomó la valentía de contarlo. De expresarlo en palabras y que a través de ellas, pueda ayudar a otras víctimas que estén en situaciones similares a tomar fuerzas y buscar una salida. Porque la hay.

La primera parte fue escrita en marzo de este año. La segunda, el 21 de noviembre. En esos meses, ella pudo asentarse laboralmente. Y hoy sus palabras son una fuente de inspiración.

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Posadas, Misiones 2 de marzo de 2022

Mi nombre es Brenda Morales. Tengo 27 años. Nací en Posadas, Misiones.
Hoy estoy sentada en la sala de mi casa y me puse a pensar que sería de gran ayuda contar mi historia a otras mujeres que, como yo, sufrieron o sufren violencia en sus hogares. No sé por donde empezar, es difícil remover los recuerdos.

Pero todo comenzó cuando tenía 14 años y escapé de mi casa, en la cual vivía con mi padre y abuelos. No fue una decisión fácil pero tenía que salir de ese lugar porque mi padre me golpeaba, a veces sin razón. Fue por la misma causa que mi madre se alejó cuando yo tenía 5 años. Se fue de la provincia y nunca más volvió.

Un día me cansé de tanta agresión y tomé mi mochila del colegio, junte lo que pude y me fui a buscar a mi madre que se encontraba viviendo en Buenos Aires. Sin saber muy bien si lo que estaba haciendo era correcto o no, llego a la casa de mi madre y me encuentro con que estaba embarazada y vivía con su pareja, un tipo mucho más grande que ella que la golpeaba e insultaba cuando llegaba drogado de la calle. Sin pensar me enfrenté a esa persona tratando de defenderla y me echó de su casa amenazándome de quemarme y matarme.

No me quedó otro remedio que irme a la calle sin saber hacia donde iría, ya que mi madre no podría caminar por los golpes que él le daba aún estando embarazada. Ella nunca lo quiso denunciar por miedo y yo, siendo menor de edad, no tenía idea de cómo accionar.

Me fui a la casa de una amiga de ella, a refugiarme, porque no tenía donde ir. Ella me vio en la calle y me ofreció un lugar. Al día siguiente me puse a buscar trabajo ya que tenía que comer y sustentar mis gastos. En eso conocí al padre de mi hijo y le conté lo que me había pasado. Él, un chico más grande que yo, aprovechó mi situación de vulnerabilidad y me ofreció techo y comida. Lo que yo no me había dado cuenta es que esta persona tenía intenciones de tener relaciones sexuales conmigo. Fue entonces que me sentí obligada a estar con él y quedé embarazada. Yo tenía 17 años.

Estuve 3 años sometida y obligada. Después de tener a mi bebé fuimos a vivir a la casa de sus padres. La madre, al enterarse que yo era menor de edad, no me aceptó. Desde el primer día me hicieron sentir que no era bienvenida. Se apoderaron de mi bebé haciéndole creer que él era hijo de la abuela. Mi hijo empezó a hablar y le decía “mamá” a su abuela.

No me dejaban cumplir el rol de madre y, cada vez que yo quería decir algo, el padre de mi hijo se enojaba conmigo, me golpeaba, insultaba y humillaba. Me sentía inútil.
Cada vez que quería irme de ese lugar, él me agredía diciéndome que yo no era nada sin él y que no tenía a nadie, porque mi padre me pegaba y mi madre estaba sometida por el padre de su hijo. Otra vez me veía obligada a quedarme en ese lugar por no tener un techo, por no tener el apoyo de mi familia. No podía trabajar, no podía hacer nada, porque todo lo que hacía estaba mal.

Entré en un estado depresivo y tuve ataques de pánico. Él solo llegaba a la casa para discutir hasta que un día me cansé y lo enfrenté. Me dio un golpe con la mano cerrada en la espalda y me causó un paro respiratorio. Cuando desperté estaba en la guardia de un Hospital, me habían inyectado adrenalina porque mi corazón había dejado de latir. Nunca me animé a denunciarlo.

Aguanté 12 años de agresiones y en 2021, me escapé con mi hijo para Posadas ya que mi tía me ofreció ayudarme a conseguir una vivienda de Iprodha para que tenga un techo donde vivir.

Gracias a Dios hoy tengo un techo y me arreglo con lo que puedo para subsistir. Vendo ropa usada, hago ‘changuitas’ para que a mi hijo no le falte el pan. Hace unos meses recibí una visita de asistentes sociales en la casa de mi abuela, era para notificarme que el padre de mi hijo me denunció por maltratos hacia mi nene. Me dejaron un número de contacto para que me comunicara con ellos. Presentarme en el lugar donde me citaron fue lo mejor que pude hacer. Allí recibimos asistencia psicológica y una ayuda económica, ya que no cuento con un recibo de sueldo. Me fue de gran ayuda y, hace unos días, recibí la noticia de que me van a brindar cursos de capacitación laboral y eso me dejó muy contenta y tranquila.

Necesito un trabajo estable para sacar adelante a mi hijo y estoy muy agradecida con estas personas que me están ayudando a recuperar el autoestima y la independencia económica.

Me queda decirle a todas esas mujeres que están pasando por lo mismo que no naturalicen el maltrato, no se queden calladas, pidan ayuda.

N de la R: A comienzos de este año, Brenda junto a otras seis mujeres víctimas de violencia recibieron la asistencia de la Municipalidad de Posadas y fueron capacitadas para sumarse como parte del equipo de trabajo. Al día de hoy, ella ya cumple 9 meses de desempeño en la oficina de empleo, trabajo al que accedió a través del programa Incorporar, gestado desde la Dirección de Inclusión Socioeconómica. Para esto fue clave la ayuda de la concejal Eva Jimenez, quien desde su profesión de psicóloga también les brinda ese acompañamiento que tanto se necesita en situaciones de vulnerabilidad.

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Posadas, Misiones 21 de noviembre de 2022

Hola, soy yo nuevamente. Brenda Morales.
Casi un año y 8 meses de aquel viaje que marcó un antes y un después en mi vida. Sorprendida de todo lo que pude lograr y pensar que antes eran solo sueños, que los veía muy lejanos e imposibles. Hoy puedo decir que me siento muy orgullosa del cambio en mi, en todos los aspectos y más aún en lo emocional. Recuperé esa parte de mi ser que había quedado encerrada bajo llave muchos años y que creí, por mucho tiempo, que ya no existía.

La confianza en mi misma, las ganas de esforzarme por ser mejor día a día y no solo por mi, sino también por esa personita que llena de luz mi vida: mi hijo.
Me despierto todas las mañanas feliz, agradecida a Dios por acomodar cada cosa en su lugar, por poner en mi camino a las personitas correctas, yo les llamo “Ángeles”. Lidia Aquino, Eva Jimenez y Taty Medina, fueron y son un apoyo muy importante en este cambio, ya que supieron escuchar y entender lo que muchos no pudieron. Gracias, gracias.

La oportunidad del trabajo que me dieron fue y es lo mejor que me pasó este año, ya que gracias a eso puedo sacar adelante a mi niño. A veces nos ponemos a recordar cuando empezó todo de cero con una valija de ropas, una frazadita y una cajita de juguetes.

Hoy podemos mirar alrededor y darnos cuenta que somos afortunados de no dormir en el piso como aquel primer día que fuimos a alquilar con mi hijo, y llorábamos juntos porque teníamos frío y no había siquiera donde calentar agua. Esperando que pase la noche fría para poder ir al comedor del barrio a retirar leche y pan. Fueron meses de pasar necesidad, pero valió la pena.

Aprendimos juntos a valorar la cama calentita y ese plato de comida que, gracias a Dios, hoy no nos falta. Porque aunque a veces cueste arrancar, pongo lo mejor de mi para cumplir en el trabajo y no faltar, para poder mantener firme esta familia, pequeña pero unida.

Lo mejor del día es cuando llego a casa a abrazar a mi pequeño y nos contamos todo lo que nos paso en el día. Agradecidos por el techo que nos protege del frío del calor, inmensamente feliz por la salud y la paz que tenemos.

Para terminar no puedo dejar de decirle a todas esas mujeres que están ahí fuera: no pierdan la fe, salgan a tocar puertas, pidan ayuda. Siempre hay alguien que las va a escuchar, todo se puede cuando se quiere. Bendiciones.

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